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De visita en el pueblo de ‘Pipi Calzaslargas’

No, en realidad no es del pueblo de Pipi Calzaslargas del que vengo a hablaros hoy, sino de Dragør. Está situado en la costa sureste de la isla de Amager, a tan sólo 12 kilómetros de Copenhague (aunque el trayecto en bus es de casi una hora). “¿Y por qué llamarle el pueblo de Pipi, entonces?” Bien, fue una buena manera de hacer que Vega se interesase por la excursión matutina y mantener la expectación hasta que llegamos al destino.  Además, bien podría haber sido la localización de la exitosa serie infantil pues las casas y calles recuerdan y mucho a lo visto por televisión. Eso sí, no esperéis encontrar Villa Kunterbunt, ya que para eso hay que ir un poco más lejos, a Visby (Suecia) 🙂 ¡Es una tarea pendiente!

JpegDe vuelta a nuestra excursión, Dragør es un pueblo precioso. La parte antigua, por donde nosotros nos movimos, está formada por pequeñas calles empedradas, con casas de color amarillo y tejados de paja.

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Algo que llamó nuestra atención, y que nos explicó uno de nuestros amigos, es que algunas de estas casas tienen una especie de espejo en el exterior que ayuda, a los inquilinos de las mismas, a ver qué ocurre fuera de sus hogares o quiénes llegan a ellos sin necesidad de salir. ¿Y yo que pensaba que eso del cotilleo aquí no se daba mucho? … En fin, siempre hay cosas que aprender, sin duda…

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Un lugar encantador y muy tranquilo, en el que los niños pueden correr por sus calles peatonales e ir un poco más a su aire. Eso deja a los papás un margen mayor de respiro, por supuesto, y es algo que se agradece cuando tienes un torbellino maravilloso en casa.

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Sitio especial donde los haya, que en verano debe ser increíble dada la cercanía con el mar, y que recuerda, como decía antes, a otros lugares vistos en televisión o cine. Con rincones y estampas que bien merecen una fotografía para el recuerdo…

Jpeg JpegEl estilo tradicional danés está presente en cada paso que damos por el pueblo, eminentemente marinero y que aún conserva su puerto en uso. Hasta allí llegamos, siguiendo a los pequeños, que a su vez eran llamados por los patos, cisnes, palomas y gaviotas que allí se encontraban. ¡Estupendo poder disfrutarlos así, cerquita, y en un paraje similar!.

Jpeg Jpeg JpegJunto al puerto…el puesto de helados y golosinas.  Hacía frío sí, bastante. Pero si los daneses son capaces de tomar un helado con este tiempo… también nosotros lo somos. ¡A ver quién le dice que no a un montón de niños que hacen piña y a alguna mamá con antojo! 🙂

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Tras el helado (cuando ya habíamos pasado y arrasado por la pizzería), con algunos de los pequeños rendidos en sus cochecitos, tocaba tomar algo caliente, y para ello nada como acudir a uno de los pocos cafés del pueblo que estaba abierto. Sin embargo, a la camarera (algo joven y poco respetuosa) no pareció gustarle mucho la idea de que nos sentásemos en su local a hacerle un buen ingreso en caja. Pero se equivocaba al pensar que nos marcharíamos. Sus caras y malos modos no fueron suficientes para hacernos cambiar de opinión y allí resistimos con una animada charla y buenas risas.

Jpeg¿Quién sabe si alguna vez volveremos a este café? Lo que sí está claro es que Dragør forma parte ya de nuestra lista de sitios a los que merece la pena volver. Y si es en la misma compañía mejor que mejor. Porque Dragør resultó ser una maravillosa jornada entre amigos que te recuerdan que la familia también se elige, estés donde estés.

Buena semana!! 🙂

 

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La suerte cambia como la Luna…

¡Hola aventurer@s! Hoy os propongo un paseo por la playa, ¿os venís?.

El proceso de adaptación a un nuevo país conlleva su tiempo, al menos para mí, con todo lo bueno y todo lo malo que pueda suponer. Por eso, al poco de estar en nuestro nuevo hogar, nos marcamos una visita a la playa. Mi olfato ya recogía el olor a mar, eso lo saben bien aquellos que son de costa. El aire huele diferente, y aquí gozamos de playa aunque no de mucho calor, pero no se puede tener todo, ¡me cachis!.

Lo primero fue llegar hasta Amager Strandpark. “15 minutos en bici”, eso me dijo mi querido compañero. No sé si convencido de ello o con la intención de no desanimarme, pero el caso fue que tardamos unos 47 minutejos en llegar hasta el destino. El paseo desde Frederiksberg fue agradable, todo sea dicho, aunque las manillas del reloj se movían muy lentamente y mis piernas iban notando el peso de mi enana, a la que llevaba en la bici.

"¿Hemos llegado ya?"
                                         “¿Hemos llegado ya?”

(En el próximo post os hablaré de la maravillosa Nihola, nuestro vehículo danés. Sí, he cambiado mi Micra por la ‘bici roja’, y aunque hacer deporte es lo más sano del mundo, y mis piernas lo agradecen, lo cierto es que extraño a mi pequeño escarabajo).

En fin, que me desvío del tema. Llegamos a la playa. Amager Strandpark es un precioso parque marítimo en el que puedes encontrar tanto zonas verdes como arena blanca. Goza de bandera azul y desde la playa se puede ver el parque eólico de Middelgrunden. A los niños les encanta. Era extraño… podía cerrar los ojos y sentirme en casa: pequeñas dunas de hierba, arena blanca, sol… aquello parecía Conil de la Frontera!! Y nosotros tan contentos. Al final se trata de hacer tuyos los lugares, y tu casa viajará contigo. Es genial porque así puedes tener tantos hogares quieras.

Jornada playera. ¡Había ganas!
                           Jornada playera. ¡Había ganas!

Nosotros fuimos un sábado de septiembre y el ambiente era tranquilo, había gente pero no en exceso. Incluso algun@s valientes se atrevieron a darse un baño, pero nosotros cumplimos quedándonos en bañador 🙂 Con eso ya éramos más que felices.

Porque los rayos de sol le alegran a uno el día :)
                Porque los rayos de sol le alegran a uno el día 🙂

Vega se pasó la mañana en la orilla cogiendo piedrecitas y lanzándolas al mar, no hay mayor ni mejor entretenimiento para ella, ni para nosotros el no dejar de mirarla. Ni siquiera cuando sonó la sirena del almuerzo, la pequeñaja hizo amago de acercarse. Y eso que en el picnic había tortilla de patatas y smørrebrød (pan negro con embutido). Pero ni por esas. Tuvimos que esperar un buen rato hasta conseguir que se uniera a la ‘mesa’. He de reconocer que está costando que nos haga caso. Los pequeños también notan los cambios, aunque a veces no nos demos cuenta y sean más fuertes que nosotros.

Almuerzo para un día de playa en Dinamarca
                Almuerzo para un día de playa en Dinamarca

Una vez con el estómago lleno decidimos emprender el camino de vuelta, aprovechando que nuestro pequeño terremoto comenzaba a estar cansada. La recogida se hizo mucho más llevadera, ya no había meta que alcanzar así que todo fue más relajado. Como primera toma de contacto no estuvo nada mal, aunque la próxima vez llevaremos los ‘avíos’ para hacer una barbacoa en la zona de césped. Ya veremos si volvemos antes de que el paisaje se vuelva blanco. Y si no, siempre podemos disfrutar de una buena comilona en un campo nevado. ¡Eso sí que será toda una experiencia!

Porque en la vida todo depende de cómo miremos. Todos tenemos a nuestro alrededor recuerdos positivos y negativos, fantasmas con los que luchar a diario, buenos y malos momentos, problemas que no sabes cómo resolver y alegrías que te despiertan una sonrisa y te dan fuerzas para seguir adelante y no tirar la toalla.  Con eso he intentado quedarme siempre, es lo que me da la fuerza, porque el destino y la vida son imprevisibles, “como el tiempo en Copenhague”. Por eso, si brilla el sol hay que salir a la calle a celebrarlo. Y es que … la suerte cambia como la Luna.

La chance change comme la Lune
                         La chance change comme la Lune

¡Hasta la próxima! 🙂